Tversky + Taleb + Urban + Sandberg


Este caso incluye reflexiones pintorescas. Conéctalas con tu carrera. Encontrarás, al final de cada fragmento, un link a la fuente original y algunas preguntas extra. Responde aquellas que llamen tu atención. Anota ideas desordenadas.

Revisa las instrucciones: El método del caso.

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Deshaciendo errores. Amos Tversky


Aun así, la mayoría de las historias que la gente contaba sobre Amos tenían menos que ver con lo que salía de su boca que con su insólita manera de moverse por el mundo. Seguía el horario de un vampiro. Se acostaba al salir el sol y se despertaba al caer la tarde. Comía pepinillos en el desayuno y huevos en la cena. Minimizaba las tareas cotidianas que consideraba una pérdida de tiempo. Nunca sabía qué hora era. No importaba. Él vivía en su propia esfera y tú te lo encontrabas allí. No fingía estar interesado en cosas que otros esperaban que le interesaran. Le gustaba la gente. Lo que no le gustaba eran las normas sociales. Amos opinaba que la gente pagaba un precio demasiado alto por evitar las pequeñas vergüenzas, y había decidido que no valía la pena. Con el tiempo, todos los que conocían a Amos se daban cuenta de que aquel hombre tenía un talento preternatural para hacer exactamente lo que quería hacer, y solo eso. «Lo bueno que tienen las cosas urgentes es que si esperas lo suficiente, dejan de ser urgentes». Su viejo amigo Yeshu Kolodny recordaba: yo le decía a Amos «tengo que hacer esto o aquello» y él respondía «no, no tienes que hacerlo». 

Amos era de una sencillez maravillosa. En todo momento podías inferir de sus acciones lo que le gustaba y lo que no, de manera directa y precisa. Los tres hijos conservan el vivo recuerdo de sus padres saliendo en coche a ver una película elegida por su madre, y oír al padre volver a su sofá veinte minutos después. Amos había decidido en los primeros cinco minutos si valía la pena la película. Y si no, volvía a casa. «Ya se han quedado con mi dinero. ¿Tengo que darles además mi tiempo?» Si por algún extraño accidente se encontraba en una reunión de seres humanos que no le interesaba, se volvía invisible. El constante movimiento de sus pupilas daba la impresión de que no estaba escuchando, cuando el problema solía ser que había escuchado demasiado bien. Cuando le caías bien, era muy fácil quererlo. Sumamente fácil. A su alrededor se generaba una competición. La gente se disputaba a Amos. Era muy corriente que los amigos de Amos se preguntaran: «Sé por qué me gusta, pero ¿por qué le gusto yo a él?»

La gran mayoría de tus acciones incorporan un porcentaje de señalización (i.e., querer informar a un tercero de una característica personal). Afirmaba el economista Robin Hanson que solo un porcentaje mínimo de tus acciones (e.g., rascarse el trasero) no incluye grado alguno de señalización. Tversky era uno de esos pocos tipos que no señalizaba, simplemente no le preocupaban las opiniones de los demás. La paradoja es que, ignorando su reputación, terminó desarrollando una excelente reputación. Todo el mundo quería ser su amigo.

¿Sigues tus preferencias genuinas? ¿Te preocupas por el mencionado mild embarrassment, traducido al español como pequeñas vergüenzas (situaciones algo embarazosas, para nada graves, en las que ajustamos nuestro comportamiento a partir de la norma social)? ¿Cambias tus preferencias en esas reglas? ¿Qué estás hoy señalizando? ¿Por qué señalizas eso? Aceptando que cierto grado de señalización es inevitable, ¿qué te gustaría señalizar?

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Jugarse la piel. Nassim Nicholas Taleb


Considere lo siguiente: lo que importa no es lo que una persona tiene o no tiene; es lo que tiene miedo de perder. Entonces aquellos que tienen más que perder son más frágiles. Irónicamente, en mis debates, he visto a numerosos ganadores del llamado Nobel de Economía (el Premio Riksbank en honor de Alfred Nobel) preocupados por perder una discusión. Hace años noté que cuatro de ellos estaban realmente preocupados cuando yo, que era persona sin estatus y trader, les llamé públicamente fraude. ¿Por qué les importaba? Bueno, cuanto más alto vayas en ese negocio, más inseguro te sentirás al perder una discusión con una persona menor. La estrategia de seguir subiendo solo funciona bajo algunas condiciones. Se podría pensar que el jefe de la CIA sería la persona más poderosa en Estados Unidos, pero resultó que era más vulnerable que un camionero ... el tipo ni siquiera podía tener una relación extramarital. Puedes arriesgar la vida de las personas pero sigues siendo un esclavo. Toda la estructura del servicio civil está organizada bajo esa idea. 

En el famoso cuento de Ahiqar el perro alardea ante el lobo de todos los artilugios de comodidad y lujo que tiene, casi incitando al lobo a alistarse. Hasta que el lobo le pregunta al perro sobre su collar y se aterroriza cuando comprende el uso. «De todas tus comidas, no quiero ninguna». Se escapó y sigue hoy corriendo. La pregunta es: ¿qué te gustaría ser, un perro o un lobo? La versión aramea original tenía un asno, en lugar de un lobo, mostrando su libertad. Pero a ese asno se lo come un león. La libertad conlleva riesgos: hay que poner la carne en el asador. La libertad nunca es gratis. Hagas lo que hagas, nunca seas el perro que dice ser un lobo. Otro aspecto del dilema del perro contra el lobo: la sensación de falsa estabilidad. La vida de un perro puede parecer tranquila y segura, pero en ausencia de un dueño, un perro no sobrevive. La mayoría de las personas prefieren adoptar cachorros, no perros adultos. En muchos países, los perros no deseados son sacrificados. Un lobo está entrenado para sobrevivir. Los empleados abandonados por sus empleadores, como vimos en la historia de IBM, no consiguen reincorporarse. 

Existe un grupo de empleados que no son esclavos, aunque representan un pequeño porcentaje. Puede identificarlos de la siguiente manera: no se preocupan por su reputación, al menos no por su reputación dentro de la empresa. Recuerdo que me preguntaron por qué no llevaba corbata. «Una parte arrogancia, una parte estética, una parte conveniencia». Si generaba ingresos podía decirles a mis gerentes lo que pensaba, sabiendo que tragarían, temerosos de perder sus empleos. Quienes corren riesgos pueden ser personas socialmente impredecibles. La libertad siempre se asocia con el riesgo, bien sea porque conduzca o provenga de ella. Corriendo riesgos te sientes parte de la historia. Y los apostadores asumen riesgos porque, en su naturaleza, son animales salvajes. En mis tiempos, nadie utilizaba palabras malsonantes en público, excepto los mafiosos y quienes querían señalar que no eran esclavos: esos traders blasfemaban como marineros y yo he mantenido el hábito del lenguaje grosero estratégico, utilizado fuera de mis escritos y la vida familiar. Aquellos que usan lenguaje grosero en las redes sociales (como Twitter) están enviando la costosa señal que son libres e, irónicamente, competentes. No señalizas competencia si no corres riesgos por ello.

Nuestro valor de mercado en los riesgos que tomamos.

Siendo legítimas ambas respuestas, ¿quieres ser un perro o un lobo? ¿O un animal intermedio? ¿Eres dependiente de tu empresa? ¿Cómo protegerte? ¿Qué no puedes perder? Sin la obligatoriedad de insultar o prescindir de la corbata, ¿cómo piensas señalizar competencia?

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Domando al mamut. Tim Urban


Preocuparse por lo que otros piensan acerca de nosotros es una obsesión irracional e improductiva. La evolución lo hace todo por una razón, y para comprender el origen de esta locura, retrocedamos por un minuto al año 50,000 aC en Etiopía, donde tu bisabuelo vivía como parte de una pequeña tribu. Por aquel entonces, formar parte de un grupo era fundamental para la supervivencia. Una tribu significaba comida y protección, en un momento en el que no era fácil encontrar comida y protección. Entonces, para tu bisabuelo, casi nada en el mundo era tan importante como ser aceptado por sus compañeros, especialmente aquellos en posición de autoridad. Llevarse bien con sus iguales y complacer a los alfas le permitía quedarse. Su peor pesadilla era que la gente comenzara a susurrar sobre lo molesto, improductivo o extraño que resultaba su comportamiento, conocedor que, si había suficientes voces desaprobando sus acciones, su valoración se vería perjudicada. También sabía que si alguna vez, persiguiendo a una chica, fuera rechazado, ella se lo contaría a las otras: no solo habría perdido esa oportunidad sino que tal vez nunca accedería a una compañera sexual. Ser aceptado socialmente lo era todo. Los humanos desarrollaron una obsesión exagerada acerca de los pensamientos de los demás: un deseo de aprobación y admiración, y el miedo paralizante a no gustar.

El bloguero Tim Urban habla del mamut, figura que representa la proyección social, tu búsqueda de estatus en tu comunidad. Su diagnóstico es que te preocupas demasiado por opiniones ajenas, en un nuevo contexto en el que no necesitas la validación para sobrevivir.

¿Te ajustas a la imagen que la sociedad tiene de ti? ¿Cómo gestionas tu reputación entre propios y extraños? ¿Quieres gustar a todo el mundo? ¿Quieres encajar? ¿Te preocupa en exceso la opinión de los demás? ¿Estás tú juzgándoles a ellos? ¿Cómo dejar de hacerlo?

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¿Por qué tenemos tan pocas directivas? Sheryl Sandberg


Las mujeres subestiman sistemáticamente su capacidad. Si uno examina a hombres y mujeres y se les pregunta algo totalmente objetivo como el promedio de calificaciones los hombres se equivocan sobrestimando y las mujeres se equivocan subestimando. Las mujeres no negocian en el trabajo. Y aún más importante: los hombres se atribuyeron el éxito a sí mismos y las mujeres lo atribuyeron a factores externos. Si uno le pregunta a un hombre por qué hizo un buen trabajo dirá: «Porque soy genial. Es obvio. ¿Acaso lo dudas?» Si uno le pregunta lo mismo a una mujer dirá que alguien le ayudó, que tuvo suerte, que trabajó realmente mucho. ¿Por qué importa este tema? Porque nadie consigue una oficina importante sentándose a un lado y no en la mesa de negociación. Y nadie consigue un ascenso si no piensa que se merece el éxito o si al menos no reconoce su propio éxito. Me gustaría que la respuesta fuera fácil. Ojalá pudiera decirles a todas esas mujeres fabulosas: «Crean en ustedes mismas y negocien por ustedes mismas. Sean dueñas de su propio éxito». Ojalá pudiera decirle eso a mi hija. Pero no es tan simple. Porque los datos muestran una cosa y es que el éxito y la simpatía tienen correlación positiva para los hombres y correlación negativa para las mujeres.

En su bestseller Lean In, Sheryl Sandberg explica los detalles de una reunión en 2001 con Eric Schmidt, CEO de Google en aquel momento. Sandberg buscaba trabajo en Silicon Valley pero no estaba convencida sobre la propuesta de Google, por cuestiones de rango. La respuesta de Schmidt: «Si te ofrecen un asiento en un cohete no preguntas qué asiento». Tu desarrollo será siempre mayor en una industria en crecimiento. El error es preocuparse por rango o salario al inicio de una carrera, no por aprendizaje y potencial de la apuesta. El libro de Sandberg es también un alegato del nuevo feminismo. Según la actual COO de Facebook, las mujeres infravaloran sus logros, a la hora de atacar una posición corporativa, para encajar en el estereotipo (menos competitivo) que tiene la sociedad de ellas, aumentando en su autolimitación inconsciente la famosa brecha salarial.

¿Dónde trabajar al inicio de tu carrera? Si ya has cumplido los 30, ¿qué sectores ofrecen la mejor oportunidad de crecimiento? ¿Cómo desarrollar un perfil en el que ignores las opiniones prescindibles y escuches las necesarias?

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